• @ElisaQuei

Conociendo a Clarice Lispector

La primera vez que leí a Clarice Lispector fue por encargo: “un cuento de ella y verás”, fue la amenaza.

Yo escogí Feliz Cumpleaños, un cuento que publicó en 1960 junto con otros doce en el libro Lazos de Familia [1]. El título sonaba alegre y era el mes de mi cumpleaños, así que -por qué no-, fue lo que pensé.


La amenaza se cumplió y vi a una abuela sentada al final de la mesa -estaba arreglada y lista cuatro horas antes de que llegaran los invitados-, su hija se encargó de eso y también deponerle colonia: había que disimular el olor a encierro. No hablaba, no pestañeaba, no me daba compasión, me daba miedo:


“Y desde las dos de la tarde quien cumplía años estaba sentada a la cabecera de la ancha mesa vacía, tiesa, en la sala silenciosa”[2]. Vi llegar a los hijos y a las nueras y a los nietos y bisnietos, mientras la vieja entumecida me secreteaba sus ácidas palabras “…¿cómo? ¿cómo habiendo sido tan fuerte había podido dar a luz a aquellos seres opacos, con brazos blandos y rostros ansiosos? Ella, la fuerte…¿cómo…seres risueños, débiles, sin austeridad? El rencor rugía en su pecho vacío… unos comunistas. Los miró con su cólera de vieja. Parecían ratones acodándose, eso parecía su familia”[3].


Entré en la mente de una matriarca sin pudor, que al final del cuento, mientras los otros se relajaban un poco, escupió. La vieja escupió. Y pidió una copa de vino. “–Abuelita ¿no le va hacer mal? –se atrevió a preguntar una nieta. –¡Qué abuelita, ni qué nada! –explotó ácidamente la agasajada –¡Qué el diablo se los lleve banda de maricas, cornudos y vagabundos!” [4].


Ordenó el vino y se lo trajeron presurosos, con nervios, justificándose unos a otro…ratones…y la besaron cautelosos, todos la besaron, y le decían palabras atropelladas y tensas con un falso ímpetu que marcaba el fin de la noche del Feliz Cumpleaños. Y desde la puerta la observaron, una última vez, “hasta el próximo año” –le decían (¡qué alivio!, pensaba yo) y “miraron su puño cerrado sobre la mesa, como quien sostiene un cetro”; sintieron su última palabra, su mudez: “el amor de madre es duro de soportar”[5]. Cerré el libro. Tragué saliva.


Husmeando en los cajones de mi mamá, cuando era niña, buscaba algo que me ayudara a disfrazarme. Quería ser ella en el juego. Entre su orden y el olor a Colonia Jean Naté que invadía el clóset, yo quería un collar, unos aretes…una chalina de seda. La encontré envolviendo una cajita que sonaba como sonaja, y otra y otra y otra más. Eran cuatro en total. Como nosotros. Abrí la primera y no tuve que abrir las demás.




Estaban ahí, medio amarillos, con su hueco grisáceo y una embarrada de sangre endurecida los dientes de uno de mis hermanos. Junto a las joyas de mi mamá. No quise ver los míos. Los recordaba demasiado bien debajo mi almohada, donde aparecerían después los veinte pesos que dejaba el ratón, ahora tan desnudo como deshonrado. Cerré la cajita, cerré también el cajón. Conocí a mi mamá.


Al igual que aquel 24 de diciembre que apurada por la cena me mandó a sacar no sé qué cosa que necesitaba de la cajuela de la camioneta. Encontré el encargo y también los regalos que al día siguiente dejaría escondidos secretamente Santa Claus por toda la casa. Cerré la cajuela, cerré la boca, entregué el encargo. Esa misma sensación de placer y perdición me hizo sentir Clarice Lispector con su Feliz Cumpleaños…“lean un cuento de ella y verán”.


Confieso que en ese momento no me acerqué tanto a la autora, criando niños no tenía tiempo (me decía a mí misma). Pero quizás es que no estaba lista para mirar reflejado mi interior, ni el de mi mamá o el de mi abuela, y mucho menos el de una gallina, sí, el de una gallina que mostrándome su interior, sería de cualquier manera, por ser gallina, la cena. Nuestra escritora era amenaza y verdad.


Clarice Lispector, la brasileña, fue ucraniana, nació en 1920[6], entre cosacos, pies fríos, hambre y la angustia del que huye de la muerte, ya viviéndola. Los pogroms se habían vuelto insostenibles, la revolución rusa, también. Los Lispector huyeron por ser judíos. A la mitad del trayecto, nació Clarice, en ese momento Jaia, su nombre hebreo, que no por casualidad significa vida -los judíos ashkenasim suelen escoger ese nombre en el caso de un milagro-[7].


Nunca regresó Tchechelnik, el pueblo invisible en los mapas que la vio nacer. Quizás por el dolor de ser judía o por el orgullo de sobrevivir siéndolo. No escribió nunca de ello. Sus padres eran respetuosos de La Ley y las tradiciones, incluso su padre fue activo en el Movimiento Sionista desde Brasil[8], pero ella en ningún lugar menciona su judaísmo o sus personajes demuestran serlo. No le era relevante, ella era brasileña. De ahí que para algunos de sus amigos (cercanos) resultara sorpresa cuando al morir en 1977, un viernes, no la enterraran hasta el domingo, por ser shabat y estar prohibido[9].


Sin embargo, un poco kafkiana la mística de la cábala se siente entre sus dedos al escribir y en sus decisiones también: trece cuentos publicados aquí, trece relatos más allá[10]; al igual que la presencia de un Dios al que se le cuestiona desde los cuentos: “En el aula todos éramos igualmente monstruosos y dulces: ávida materia de Dios”[11] o en la vida misma: “Si tanto amor recibí dentro de mí y continúo inquieta e infeliz, es porque necesito que Dios venga. Que venga antes de que sea demasiado tarde” escribía Clarice en una crónica publicada en 1958, en el diario Jornal do Brasil[12].


Su niñez transcurrió en Recife, era feliz, entre las carencias y las enfermedades que rondaban la casa de los emigrantes, ella era feliz: su madre estaba enferma y le dolía, pero la niña de nueve años había decidido delinear su vida en dos, por un lado el dolor y el sufrimiento y por otro, la alegría y la despreocupación: “yo era tan alegre que me escondía a mí misma el dolor de ver a mi madre así! ¡yo…yo…yo estaba tan… tan viva! [13]. Su madre murió ese año y su hermana Tania, maternalmente, se hizo cargo de la pequeña Lispector. La familia migró a Río de Janeiro: fin de la niñez y adolescencia de Clarice.


Estudió Derecho, pero no ejerció, se casó en 1943 sin escoger el vestido blanco: “la boda no le entusiasmaba, el vestido lo elegí yo” [14] –contaría después su hermana. Pero sí estaba apasionada por el que sería su marido, Maury Gurgel Valente, aunque no sabía lo que le esperaba siendo esposa de un diplomático: “En este mes de viaje no he realizado nada, ni leído nada, soy completamente Clarice Gurgel Valente” [15], le escribía en una carta a sus hermanas. A su lado vivió en Europa de la postguerra y después en Estados Unidos, exiliada de sí misma, extrañando Brasil cumpliendo con su vida y su papel, cargado de fingimientos sociales, pláticas políticas, mesas bien servidas y atendidas; manteniendo a los dos niños engomados y arreglados, que siempre cuidó.




Dieciséis años duró su matrimonio[16]. El mío también. Guardó silencio, sí -como muchas mujeres, en los 50´s y antes y después- pero también escribió, recordó lo que era y para lo que había nacido, narradora, con la máquina de escribir sobre la falda, con los críos siempre cerca, encontró la salida para no hacer implosión: “Yo nací para escribir…cada libro mío es igual una pena que una estrella(1968)”[17]. Cambió el discurso de falsa mujer pasiva, trasgrediendo la palabra elegante, mientras vestía como Marlene Dietrich y escribía como Virginia Wolf[18].


Persistente, por no decir necia, no dejaba en paz a los editores “que le huían como si fuera plaga porque representaba la realidad a fogonazos, indirecta e instintiva”[19]. Sin ser feminista, habló desde lo femenino, con la grandeza de quien acepta su condición no porque los otros se la imponen, sino porque así lo decide.


Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano.

Es solitario

Clarice Lispector, 1968[20]

Cómo nace la escritora


Desde que era niña, Clarice, escribía cuentos y los llevaba al diario local para ver si los publicaban en la sección infantil, ninguno tuvo suerte: no empezaban con “había una vez” , y mucho menos terminaban con “…vivieron felices para siempre” . Era mayo de 1940, ella era una adolescente cuando la revista llamada “Vamos a Leer”, le publicó su primer cuento: “Triunfo”. El editor lo leyó, la miró y le dijo:


–¿Copiaste esto de algún lado?

–No, contestó Clarice.

–¿Lo tradujiste?

–No, yo lo escribí.

–Pues sí que te lo publico.


Esa misma revista publicaría sus primeras entrevistas y traducciones, así como algunos otros cuentos y relatos. Después siguieron otros editores y otros diarios, a los que llegaba tan tímida como osada, sin recomendación alguna llevando sus escritos esperando que los publicaran. No pagaban, por supuesto. Algunos de estos escritos fueron recopilados y editados póstumamente, en el libro “La Bella y la Bestia”[21].




Su carrera de escritora empezaría así: mitad periodista, mitad cuentista. Hasta que en 1942 empieza la creación de su primera novela que estaría lista un año después, con el título “Cerca del Corazón Salvaje”. Rechazada por un primer editor, Álvaro Lins, “por no entender nada” -después se arrepentiría-, fue publicada por el diario A Noite, con quienes trabajaba como periodista, con el acuerdo de que “ellos la publicaban, ella no gastaba nada, pero tampoco ganaba nada…si había ganancia sería para ellos”[22].


El trato les favoreció tremendamente, ya que para sorpresa de todos el libro fue un éxito, y el tiraje de mil ejemplares pronto se agotó. La novela era rara, diferente a todo lo escrito en su época, los críticos no se dejaron esperar como Francisco de Assis Barbosa, miembro de la Academia de Letras de Brazil, escritor, ensayista y periodista se refería al libro de la siguiente manera: “devoraba los capítulos uno a uno, desde el nombre le hice saber a Clarice que se sentía extraído de Joyce, que se sentía su influencia -ella me lo aclararía más tarde-. Después eso fue irrelevante, porque me quedó claro que estaba frente a una revelación literaria, era el ímpetu de la autora lo que después se denominaría: el Huracán Lispector” [23].


El título fue sugerencia de su gran amigo (de quién probablemente estuvo enamorada), también escritor, Lúcio Cardoso, quien fue el primero en leerla. Cargada con interiorismos y rupturas del lenguaje, la novela se narraba en pasado y en presente, mientras la psicología de los personajes, de Joana sobretodo, quedaba al descubierto como nadie lo había hecho en Brasil. Con estas características es que la semejaban con Joyce y también con Virginia Wolf. Entre apenada y orgullosa confesaría que nunca los había leído. Después su perro se llamará Ulises[24].


Lo cierto es que el debut sorprendió a la sociedad brasileña y a sus intelectuales: “un día no se sabía nada de ella y al día siguiente era un éxito y todos querían saber quién era esa chica”, “la más rara personalidad literaria de nuestras letras”, “el libro de principio a fin es un milagro del lenguaje”, “se siente la lucidez intelectual de los personajes de Dostoievski con la pureza de un niño”, eran tan sólo algunas de las críticas y aplausos a Clarice Lispector y su libro[25].


Cerca del Corazón Salvaje ganó el premio de la Fundación Graca Aranha en 1944 asegurando que la obra “revelaba a una personalidad de novelista verdaderamente excepcional por sus recursos técnicos y por la fuerza de su naturaleza”[26].


Clarice no esperaba el éxito, la fama pronto la abrumó e incluso paralizó por un tiempo su creación. Coincidía con los primeros años de su matrimonio y la lejanía de su ciudad, sus amigos y familia, las noticias le llegaban tardías y por carta, será este medio cómo más tarde se conocerá a la autora y a la mujer, su correspondencia con sus amigos Lúcio Cardoso, Lauro Escorel, Joao Cabral, Fernando Sabino, Carlos Drumond, Manuel Bandeira y otros escritores, poetas e intelectuales brasileños, así como las cartas intercambiadas con su hermana Tania, se han publicado, permitiendo conocer el interior y exterior de la vida de Clarice mientras estuvo fuera de su amado Brasil, en la soledad acompañada de la vida diplomática.


Acomodándose a esta nueva vida, extrañada y extrañando consume su tiempo y soledad leyendo, se tarda en escribir de nuevo, lo retoma para no parar nunca más, pero mientras tanto lee todo lo que puede, como cuando era niña, pero profundizando en sus lecturas: de joven fue Herman Hess y su Lobo Estepario, de ahí a Dostoievski, y la Emma Bovary de Flaubert; de los autores brasileños le gustaba Machado de Assis (primer autor universal brasileño) y los cuentos infantiles de Monteiro Lobato.


Su encuentro con Katherine Mansfield fue casual, pero para siempre, la encontró en una librería y al leer unas cuantas páginas de su libro Bliss, su expresión fue: ¡pero si este libro soy yo!, sólo después supo que era una reconocida escritora, la admiró y leyó toda su obra, mucha de ésta en Europa[27]. Así fue con Kafka también, que la acompañó durante una época muy difícil de crisis, pegando en su habitación frases que ella seleccionaba de una antología que tenía de él: “mi impresión es que trabajo en el vacío y para no caerme me agarro a un pensamiento y para no caerme de ese nuevo pensamiento me agarro de uno nuevo”[28].


Ella no creía tener una amplia formación literaria, quizás cantidad por calidad confundidas, pero sí confirmaba: “todo se queda en mi interior”[29].

Así escribe el escritor cubano Miguel Cossío Woodward, sobre las confluencias que hay en Clarice Lispector:


“Bastó quizás un chispazo de Machado, de Dostoievski, Hesse o Mansfield, para despertar el tigre interior, de esoterismo y amor, al que cantó William Blake. ¿Qué forma en verdad a una escritora como Clarice Lispector? No basta con hurgar en su entorno y desarrollo individual, ni en sus posibles influencias, ni en sus lecturas declaradas, ni en las circunstancias históricas o personales. El genio, como ella lo fue, está en y tiene eso, pero además fluye, busca una realización independiente en cuyo proceso se encuentra, confluye, con quienes ayer y hoy, y también mañana persiguen el imposible de la realización humana. De todo se nutre el escritor y todo lo reelabora y renueva en sí mismo”[30] .




Las obras de Lispector, su impacto, su secreto y admiradores


Su segunda novela fue “La Araña” y en 1949 escribe “La Ciudad Sitiada”, le sigue su primer libro de cuentos en 1952 “Alguns contos” y casi diez años después en 1960, logra que le publiquen su segundo libro de cuentos “Lazos de Familia”, donde profundiza, como su nombre lo dice, en la relaciones familiares, con una verdad difícil de digerir y por tanto de publicar: son trece relatos que la consagran como narradora (entre ellos está Feliz Cumpleaños). Un año después, en 1961, escribe la novela “La manzana en la oscuridad”. De regreso en Brasil, ya separada de su marido, produce la que quizás es la más famosa y elogiada de sus novelas junto con la mencionada “Cerca del corazón salvaje”, publicada en 1964,“La pasión según G.H”, en la cual una escultora se come una cucaracha (Kafka presente) porque descubre en ella “la identidad de su vida más profunda”[31].


Ese mismo año presenta su tercer libro de cuentos, “La Legión Extranjera” un heterodoxo libro que reúne otra vez trece cuentos y donde un delgada línea de mística cabalística se siente[32]. Algunas de sus obras, no tan aclamadas fueron “O Mistério do Cohlho Pensante” (1967) y “La mulher que matou os peixes” (1968), que no se tradujeron; mientras que en 1969 con “Aprendizaje o el libro de los placeres” retoma el éxito, nunca perdido por completo; para que en 1971 otros trece relatos aparecieran en “Felicidad Clandestina” donde Clarice y sus personajes dan un giro, buscan la felicidad, en medio de las frustraciones que impone la vida diaria, tan cómoda como mezquina; nos habla de una felicidad personal y secreta, la que dice sólo se consigue de manera momentánea con <su amante>: un libro… el “placer del texto” nos diría Barthes, y así es la metáfora que usa Clarice: al sentarse sobre la hamaca y balancearse con el libro abierto sobre el regazo, se convierte en “una mujer con su amante”. Este libro será un pequeño homenaje también a la Mansfield.


“La imitación de la rosa” y “Agua Viva” se publican en 1973, en ésta última los personajes no saben lo que está pasando, pero no por eso dejan de contar lo que están sintiendo. En 1974 publica tres libros más: “La vida íntima de Laura”, y de nuevo cuentos con “Dónde estuviste anoche” y “El viacrucis del cuerpo”, el cual fue encargado por su editor, según ella misma lo justifica, donde el erotismo y el conocimiento del cuerpo “con su torbellino atolondrante” se desnudan en trece historias que mezclan citas literales o alusivas a referencias bíblicas, con la voz humana que se eleva desde la reflexión a lugares más altos donde busca trascender[33].


Su último libro se da a conocer el mismo año de su muerte en 1977 “La hora de la estrella” y después de su fallecimiento se publicaron otros títulos entre recopilaciones como “La Bella y la fiera” (1979) que reúne sus primeros y últimos relatos, o aquellos que estaban en espera como “Un soplo de Vida” (1978) “Como nacerán las estrellas” y Correspondencias” publicados casi una década después.


La vastedad no se pelea con la calidad lispectoriana, para los Brasileños es su Borges, sus libros se venden en todo tipo de formatos y desde los puestos de revistas y periódicos hasta en las librerías y museos, prácticamente todo brasileño tiene consigo una anécdota de la mujer que no necesitaba más de apellidos, su Clarice[34]. El reconocimiento internacional, ha tardado, si bien sus libros se han traducido al español, francés, inglés y hasta al turco, su familiarización se reduce todavía a lectores comprometidos que se la encuentran o a académicos. Sin embargo, su fama crece, sus biógrafos Nádia Batella y recientemente Benjamin Moser, han colaborado acercando a la mujer, pero más aún reforzando el valor de su obra.


En México, la Universidad Iberoamericana, así como La UNAM a través de sus cátedras de Modelos Literarios Brasileños y Antillanos, se han dado a la tarea de darla a conocer con mayor profundidad. En España la editorial Siruela, ha dedicado importantes esfuerzos por rescatar, consagrar y difundir lo que dejó la brasileña universal[35]. Basta “leer un cuento de ella o una novela” para entender porqué quienes se acercan a Lispector, forman una especie de fraternidad de pasión secreta y como evangelizadores quisieran promoverla: “Haría lo que fuera, lo que fuera, porque más gente la conociera”, asegura Colm Tóibín, el novelista y ensayista irlandés, así como Orham Pamuk, con su nobel de literatura, le confesaría a Moser “he estado fascinado con Clarice Lispector desde que leí su Pasión según G.H” y Guillermo Arriaga lo dijo así “no puedes leerla, sin enamorarte de ella”[36].



Los cuentos de Clarice Lispector, como transparencia de su creación


Difícil seleccionar y por tanto eliminar, para su análisis, unos textos por otros, he decidido tomar dos relatos de dos diferentes libros de cuentos consagrados de la autora, para tratar, desde esta banqueta de transparentar su obra, como mejor se puede hacer a un escritor, desde su propia creación y con sus letras:


“Amor”, en Lazos de Familia (1960)

Es Ana la que habita a la medida el personaje que ella misma decidió ser cuando se casó con un marido de verdad y tuvo hijos de verdad; es ella a la que su juventud anterior le parece tan extraña como una enfermedad de vida. Es ella la que limpia los muebles y atiende a los niños y cuida la casa y espera al marido aprendiendo pronto que sin felicidad también se vive. Porque todo está bien y se sonríe en el mundo que ella quiso, que ella eligió, lo demás era una exaltación perturbadora que se puede confundir, sino eres maduro y prudente, con alegría insoportable. Sólo hay un pequeño detalle que cuidar, ella lo tiene bajo control, sucede al subir el sol, en la tarde, cuando no hay nadie en casa, cuando las labores se han terminado, cuando todo está limpio, tanto que en la quietud se corre el riesgo de que los muebles le griten la verdad. La hora peligrosa. Ella lo sabe y sale entonces hacer las compras, arreglar las cosas y seguir cuidando del hogar y de la familia.


En la estructura narrativa de los cuentos de Lispector, se nos presentan los personajes en la primera escena, con una o dos actividades, con sus rasgos de primer impacto nos saludan honestos, pero todavía enmascarados. Poco a poco, la escritora los exprime a partir de “algo que pasa”: ese encuentro que no debió de ser, esa situación que tira el “teatro de la vida” para mostrar a sus habitantes tan frágiles, como desnudos…¿o qué así no somos todos ante lo que sentimos y lo que callamos?... El interiorismo de Clarice, nos espejea, como lo hace Kafka, Joyce y Hess. En Amor aparece hasta el absurdo de Unesco, que si bien no sigue su forma descomunicante, no deja de ser eso: absurdo que se asoma con la presencia de un ciego, que no mira a Ana, y lo cambia todo, que masca chicle y no se entera que ella existe. Ana lo observa, desde su ventana del tranvía ¿Por qué le afecta tanto? Ese detalle, es el suceso que hace que la mujer se percata de su transparencia, de su inexistencia ante el que no la puede ver, aunque ella esté enfrente, es invisible… no existe más. Es la hora peligrosa.


Se rompen los huevos en la bolsa de la compra, se escapa su líquido pegajoso, la manchan. Ella había apaciguado tanto a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Sigue sentada en el tranvía. La salida se borra, la casa queda atrás, mientras ahora la vida de un jardín botánico la ataca por estar…vivo: la mujer sentía asco, y al mismo tiempo se sentía fascinada. Hay que regresar, sabía. Ella así lo quiso, así lo eligió. Sentada en una banca del jardín observa como la crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos. Hay que regresar, sabía. Ella así lo quiso, así lo eligió. Camina de vuelta, lenta y confundida, con los pasos del sentenciado a muerte: seguro de su destino. Asumida. Y el aire entra de nuevo en sus pulmones cuando traspasa la puerta que la separa del peligroso “afuera” del hogar. El niño la saluda y ella lo abraza tan fuerte, que casi lo maltrata en su fusión: “No dejes que mamá te olvide, le dijo. El niño apenas sintió que el brazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de su habitación…Era la peor mirada que jamás recibiera”. Todo lo provocó nada: un ciego.


Y, si había atravesado el amor y su infierno, ahora se peinaba frente al espejo,

por un momento sin ningún mundo en el corazón.

Antes de acostarse, como si apagara una vela,

Ana sopló la pequeña llama del día.


Así termina Clarice, “Amor”.



“Los desastres de Sofía”, en La Legión Extranjera (1964)


Una vez más nos basta una cuartilla para saber todo lo que está pasando, sin dejar de sentir, intuyendo que “algo más” va a suceder. La autora gira y retuerce a sus personajes y cuando creemos que eso fue todo, les da un golpe más: Sofía narra la historia, Sofía tiene nueve años. Estamos metidos en su salón de clases, de vez en cuando salimos al patio o al pasillo, por lo demás todo sucede dentro del aula y en el interior de Sofía. Llega un nuevo profesor, así lo describe Clarice, perdón, Sofía: “El maestro era gordo, grande y silencioso, de hombros contraídos. En lugar de nudo en la garganta, tenía hombros contraídos”. De pronto hablamos tanto de Clarice y sus interiorismos: su manejo psicológico de los personajes y los subtextos de sus escritos, que se nos olvida resaltar la genialidad de sus descripciones, sus imágenes cargadas de contexto, su capacidad de síntesis, de dar la vuelta cuando es necesario o de ir al grano también si lo amerita: “Usaba un abrigo demasiado corto, anteojos sin aro, con un hilo de oro montado sobre la nariz gruesa y romana.



Y yo me sentía atraída por él. No amor, sino atraída por su silencio y por la controlada impaciencia que tenía en enseñarnos, y que, ofendida yo había adivinado”.

Sin descripciones precisas, perfectas, no habría cabida, quizás, para el interiorismo o la disección de un personaje, tal como lo vimos con James Joyce: su capacidad para hacernos saber la verdad del ser humano, comulga con la grandeza del manejo, en forma y fondo, del lenguaje.


Así conocemos a la niña que se porta mal en el salón de clases, que cuenta chistes fuera de lugar y desde el pupitre maltrata al que lo permite: “Ya se había convertido en un placer terrible no dejarlo en paz” ¿Y por qué lo hace? Te preguntas mientras lees el infierno silencioso del profesor inválido por las carcajadas del resto de la clase ¿Nada más porque si? No, nos contestan los monólogos de Sofía: “Sólo Dios perdonaría lo que yo era, porque solamente él sabía de qué me había hecho y para qué”. Los conceptos de Dios sellados de la mujer judía, identidad que ni los amigos íntimos de Clarice, a veces sabían[37], se develan en la boca de una chiquilla impertinente que está segura de su maldad: “En el aula, todos éramos igualmente monstruosos y dulces, ávida materia de Dios”. Y de pronto mientras seguimos a la niña, caemos en cuenta que la narra su mujer: el lenguaje se transforma y los conceptos que maneja son los del adulto que recuerda un episodio entendiendo su porqué: “El juego, como siempre, me fascinaba. Sin saber…yo obedecía una de las cosas que más suceden en el mundo, yo estaba siendo la prostituta y él el santo”.


Todo estaba listo para permanecer tal cual en la vida de Sofía y sus desastres, y comprobarse a sí misma una y otra vez, su verdad sellada hasta el momento como cierta: ella era mala y no merecía el amor.


En las tuercas por mostrar más de sus creaciones y de ella misma, Lispector nos entera de lo que sigue, poco a poco, sin prisa: mostrando y ocultando, mostrando y ocultando…provocando ese efecto que Roland Barthes llama lo erótico que seduce: “esa intermitencia: la de la piel que centellea entre dos piezas (pantalón y pulóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición” [38].


Así nos mueve, la autora entre lo que piensa, lo que dice, lo que hace y lo que siente Sofía hasta “ese día” que entre juegos violentos en el patio decidió regresar al salón por algo que olvidó: “Toda mojada de sudor, roja de una felicidad irreprimible que si fuera en casa me valdría una bofetada, volé en dirección al salón de clase, lo atravesé corriendo, y tan alocada que no vi al maestro hojeando los cuadernos apilados sobre el escritorio”. El twist se presenta inesperado cuando las miradas se cruzan, esa mirada la paralizaba como la pata de un gato que sin apuro sujeta la cola del ratón. Sin el resto de las carcajadas de sus porristas, sola, mojada y de frente a su odiado-amado todavía había salida para ella. Lo intenta, pero él habla, por primera vez él le habla y es amable y sonríe tan inmenso como inmundo, le elogia su trabajo recién entregado, su escritura, la llama chistosa….“tu ¿sabes? eres una loquita”.




Una vuelta más a la tuerca y Sofía no puede con lo que escucha, se siente a la inversa de todos los niños, traicionada: “Tuve que tragar como pude la ofensa que me hacía al creer en mí, tuve que tragar la piedad por él, la vergüenza por mí, ¡Tonto!, si le pudiera gritar”. Nadie puede, ni debe querer a quien es mala, a quien no lo merece y lo sabe “porque mi padre está siempre en el trabajo y mi madre había muerto hace meses, yo era mi único yo”; no merecía ser el “tesoro secreto” de nadie: “corrí hacia el parque, la mano en la boca, como si me hubieran roto los dientes…horrorizada corría, corría para no detenerme nunca”.


“Así fue como en el parque de la escuela, lentamente,

comencé a prender a ser amada, soportando el sacrificio de no merecer,

tan sólo para suavizar el dolor de quien no ama".

Sofía, en “Los desastres de Sofía”

Lispector “La Legión Extrangera”,1964

Un adiós momentáneo


Cuando se conoce un escritor como Clarice Lispector, el adiós será siempre pasajero, no sólo por lo que me falte de leer de su vasta obra, sino por la acción de releer una y otra vez sus historias espejo, sus historias fuga: mi necesidad. Con este ensayo cierro un ciclo de estudio, de conocimiento y autoconocimiento, de algo a lo que han denominado maestría. Reitero que de las humanidades, la literatura tiene mi corazón. Y creo en ese extraño proceso por el cual no elegimos nosotros los libros, sino los libros nos eligen a su antojo, sabiendo exactamente en qué momento de la vida estamos para atraparnos, secuestrando nuestros secretos y liberando nuestras prisiones mudas. Así fue Clarice Lispector con sus cuentos sórdidos que no me dejan escapar, pero a la par fue conocer su historia de mujer de carne y hueso de “niños de verdad, con marido de verdad” y la combinación lograda con la realización de una misión-sueño-necedad-necesidad por escribir; amalgamada con el vacío de sus fracasos: “lo más doloroso de mi vida fue mi divorcio, nada me dolió igual…sólo mi hijo[39]”.


Yo la entiendo. Los biógrafos de Clarice Lispector no han querido ahondar en ese asunto y sus motivos, el respeto ha sobrepasado la curiosidad, mas aún al referirse a su hijo: Pedro se enfermó en la adolescencia de esquizofrenia; fue tan fuerte para Clarice que no lo pudo cuidar, su padre y su madrastra se hicieron cargo[40]. Es curioso que James Joyce también tuviera una hija con esquizofrenia: ambos compartían esa pena y la cualidad de plasmarla con maestría en sus letras la locura cuerda de la vida[41] .


Clarice Lispector, murió en 1977…una enfermedad mortal acabó pronto con ella. Su amiga Olga Borelli, contó alguna vez que Clarice jamás salía de casa sin arreglarse: maquillaje suave, pestañas negras, labios rojos, collares, falda y blusa de mujer, quizás negra o blanca, a lo mucho roja[42]. La mujer que trabajó con ella muchos años, ayudándole con la limpieza y haciéndole poco de comer, porque comía poco, -dijo sin rodeos: fue buena, muy buena, sólo no podía tocar sus notas, sin importar en que pequeño, roto o sucio papel estuvieran, ésas eran sagradas. “Era un enigma”, decían sus vecinos; “Sensual e inaccesible” la descripción de su editor …”madre”, resume su hijo…”un genio”, opina Lúcio Cardoso y sus seguidores y sus lectores y sus estudiosos.


Después de todo, yo soy todas sus personas

Clarice Lispector, 1977




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