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Cuentos de Terror que se hicieron infantiles



Generalmente cuando nos encontramos frente a una historia por primera vez –la que sea– la creemos absolutamente original, pero en realidad pocas veces lo narrado, no lo fue antes por alguien más en otro tiempo/espacio. “De todo se nutre el escritor” dice Miguel Cossío Woodward al hablar de las influencias de Clarice Lispector, y es así que los autores a lo largo de la historia, se toman unos a otros para contar “su” novela, cuento o ficción y lo vuelven un nuevo “original”. Mientras, que los que los recibimos poco sabemos si fue casual la similitud con otra historia previa o abiertamente inspirada en otra versión que se vuelve contemporánea de la pluma del que la retoma. Así, lo verdaderamente original será entonces la voz, el tono, lo añadido o lo quitado, es decir lo editado y vuelto personal de una historia por aquel que la retocó.


Blancanieves, la Bella Durmiente y la Cenicienta, no son la excepción. Llegaron a nosotros por el vanguardista Disney de mitad del siglo pasado, que contra todo pronóstico volvía un éxito de taquilla por más de dos años su primer largometraje (porque hubo uno previo dirigido por Quirino Cristiano en 1917, llamado El Apóstol, pero al no pertenecer al mundo Hollywoodense ha quedado casi en el olvido). Pero así, en el ’39 Walt Disney con Blancanieves se hacía ganador a un Oscar por la Mejor Banda Sonora y otro más honorífico para Mr. Walt, entregado nada menos que por Shirley Temple, y no sólo eso sino que se hicieron 7 estatuillas “enanas” que también se entregaron esa noche como símbolo de los inigualables enanillos de la película. Desde ahí su mundo fantástico ha ganado más de 26 Premios de la Academia entre cortos, documentales y películas completas no animadas[1] convirtiéndolo en el ser humano con más Oscares de la historia.




Sin embargo, ni todos esos premios vuelven las historias de estas tres princesas creaciones originales de Walt Disney Studios; lo son en su forma de ser narradas y serán memorables (por lo menos para las generaciones que abarcan la mitad del siglo XX y buena parte del XXI). Pero en realidad no son relatos propios del creador de Mickey, sino versiones animadas y modificadas –por no decir dulcificadas– de los cuentos clásicos de los Hermanos Grimm publicados en 1812 en Alemania, bajo el título de “Kinder- und Hausmärchen” , que se tradujo como “Cuentos para la Infancia y el Hogar”.


Los Grimm ocupan hoy un lugar privilegiado dentro de los hombres ilustres de la tierra germana, junto con Goethe, Hegel o Beethoven. Son famosos justamente por estos cuentos publicados junto con otros igualmente conocidos como Caperucita Roja, Hansel y Gretel, Rumpelstiltskin, El sastrecillo Valiente o Verdezuela que es Rapunzel. Pero como “de todo se nutre el escritor” antes de sus versiones existieron otras y otras antes de esas también. Nuestros cuentos clásicos “versión Disney” son los hijos de los Grimm, pero bisnietos de los relatos orales medievales que se contaban en los pueblos alrededor de una fogata y se usaban para entretener y aleccionar. No eran infantiles, ni inocentes, ni dulces, ni tampoco tenían finales felices para siempre.



Lo que los Hermanos Grimm hicieron fue rescatar el folklore germano, por eso sus cuentos se identifican mejor como folk tales –cuentos del pueblo– que como se les conoce en inglés fairy tales –cuentos de hadas–[2]. De hecho sus primeras versiones no tenían el objetivo de ser para niños, sino simplemente en el afán de que no se perdiera lo germánico original, lo que de sus pueblos había nacido recopilaban, redactaban y publicaban dichas historias evitando de esa forma que desaparecieran como víctimas de la modernidad.


Los Hermanos Jacob Ludwig Carl y Wilhelm Carl Grimm, pertenecen a la generación de alemanes que integraron el primer e insipiente nacionalismo germánico, junto con todos los pre-románticos que inspirados por los filósofos Herder y Fietche, con su movimiento Sturm and Drang (Tormenta e Impetú), rescataban en la forma de la naturaleza alemana, en la poesía y en el sentir la única manera de crear un nuevo mundo[3].




Ambos fueron estudiantes universitarios expertos en Derecho y Literatura Medieval, así como Jacob también en Derecho Romano, y se convirtieron por su amor al idioma alemán en dos de los filólogos[4] más importantes de su época. A ellos se atribuyen textos como “Gramática Alemana” (1819-1837) e “Historia De La Lengua Alemana” (1848), ambos escritos por Jacob; “El Antiguo Idioma Alemán” (1851) por Wilhelm; así como entre ambos escribieron el “Diccionario Alemán” (1852-1858), esta obra por sí misma es un legado insustituible ya que lograron 318,000 entradas nuevas y descritas del idioma ¡rescataron 318,000 palabras alemanas con su significado!




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Sin embargo, son sus cuentos los que los hacen trascender en la historia. Sus relatos que como comentamos tampoco son totalmente originales de ellos, sino que son retomados de lo narrado oralmente principalmente en la Edad Media y existen también, previo a la primera publicación de los Grimm (1812), las versiones escritas de Charles Perrault (1628-1703), escritor francés que publicaría dos siglos antes a finales del XVII 1694 y 1697 “Los tres deseos ridículos” y “Los cuentos de Mamá Gansa”, donde ya aparecia una versión de La Cenicienta, Piel de Asno, Pulgarcito, Barba Azul, La bella durmiente, Caperucita Roja y El gato con botas, entre otros. Tanto los Grimm, como Perrault atemperaron los relatos originales, trantando de suavizar la trama, adecuandolo para niños y que el final fuera “mas o menos” feliz. A Perrault debemos dos aportaciones importantes adicionalmente: el famoso “Había una vez…” o “Érase una vez…” para comenzar la narraciones de los cuentos. Él lo retoma de “Los tres deseos rídiculos”[5] donde aparece la frase para hacer alusión de un pasado muy pasado y un mundo existente en alguna parte donde existen los cuentos y las historias que se van a compartir. Y por otro lado, una de las grandes diferencias con los Grimm son las moralejas del final de los cuentos de Perrault, él se detenía al final de cada historia para desmenuzar lo que le parecía que era lo más importante: “La lección”.


Así los Hermanos Grimm y Perrault nos dejan en las versiones orginales de sus cuentos –para nuestra sorpresa ¡ya suavizadas! – el legado de lo que la humanidad ha narrado, poniéndo énfasis en ciertos patrones que vemos repetidos como es en el caso de estas tres hisotrias Blancanieves, Cenicienta y la Bella Durmiente: una mujer mala (madastra, bruja, hada mala…); una joven inocente –casi ilusa– que sufre la envidia y el odio de esta mujer; un hombre salvador (príncipe, rey, etc…) y el matrimonio como premio. No es el caso analizar la herencia que estos patrones nos han dejado, pero sí observarlos acentuados en ciertas épocas y narrados una y otra vez a niños-esponja que se forman aun sin querer los arquetipos del héroe o de la víctima, así como de lo bueno y de lo malo, lo normal y lo que no lo es.



No es gratis que los últimos cuentos del mismo estudio Disney hayan cambiado radicalmente los finales, así como las burlas al amor a primera vista, ni al felices para siempre: Encantada, Valiente, Maléfica, Frozen… nos muestran la otra cara de las historias y ponen el énfasis en el amor por elección, el amor verdadero como el que se tiene por una pequeña, o la lealtad de las hermanas.

Muchos se ha hablado del daño que las historias de las princesas nos hicieron generación tras generación, como si una o varias historias fueran capaces de cambiar el incosciente colectivo de las mujeres. Observando con detalle más bien habría que mirar que estas historias están basadas en el “ideal” de una época donde el patriarcado se instalaba con fuerza de martillo para ocupar su trono por muchos siglos.


Está bien el cambio de lenguaje y de historia en las nuevas películas infantiles, es sano para las niñas actuales y sobretodo reconfortante para las mamás de esas niñas.

Pero veamos cada cuento –de estos tres elegidos– y gocemos de las versiones originales que hoy miraríamos como de “terror” más que infantiles, en nuestra sociedad protectora o sobreprotectora de los infantes.



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