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Frida Kahlo amaneció muerta, pero nunca murió


Cenó ligero, platicó con Diego un buen rato, rieron; planeaba sus bodas de plata: “¡Traigan harta raza!”, había dicho, quería festejar; una argolla de oro bellamente labrada sería el regalo para su panzón.


Se había sentido mal los últimos días, es cierto, los dolores de siempre y la recién amputada pierna –nada fuera de lo normal para una vida llena de cicatrices–, pero amaneció muerta el 13 de julio de 1954, en su cama, sin más señal que un descanso permanente, Frida Kahlo había muerto.


El rumor de un suicidio no se dejó esperar, una controversia más para sumar a su existencia, pero ¿de verdad creen que después de toda una vida de lucha y de hacerle frente a la tragedia y la muerte, así de la noche a la mañana, se quitaría la vida Frida? Quedará como un misterio, aunque francamente no va con una sola esquina de su personalidad, pero quizás el cansancio termina por rendir hasta el más fuerte.


Sin embargo, ella tenía planes para el futuro que eran evidentes, tanto de festejo, como de viajar, ya que había aceptado la invitación de visitar la Unión Soviética. Pero Frida Kahlo murió a los 47 años, dejando tras de ella la pregunta sobre qué se volvería más importante ¿su vida o su muerte?


Es la única pintora latinoamericana en haber vendido una obra en más de 5 millones de dólares, se trata del cuadro Autoretrato con Mono, 1940, y lo compró nada menos que Madona, quien también tiene Mi Nacimiento, 1932, la cual pinta ante el dolor que siente por la pérdida de su madre.




Así también su obra se ha expuesto en el mundo entero y es ícono de nuestro país. Si bien, en vida expuso en Nueva York, Paris y México, el boom por su existencia principia en los años 80s.


Frida se convierte en la figura de referencia para el mexicano viviendo en el extranjero, son los chicanos los que comienzan a tenerla como bandera. Así como la Virgen de Guadalupe lo era en lo religioso, necesitaban una referencia laica, que se identificara con sus pérdidas y raíces, pero también valiente y exitosa.


Después de todo Frida se había atrevido a criticar a los gringos, pero también había vivido en su país y expuesto su obra y la de Diego. Igualmente, sus pinturas se volvieron meta para todo aquél que estaba buscando expresiones artísticas honestas y originales, y por último el orgullo por ella llega a México (quizás como pasó con su obra misma, ya que aquí fue el último lugar donde tuvo una exposición sola).


En el caso de Frida Kahlo, es difícil saber qué es lo que más ha trascendido si su vida o su obra, su vida es en sí misma una obra, una odisea; como con todos los artistas hay una simbiosis entre una y otra, pero la suya es caso aparte: su vida da sentido a su obra, sin minimizar el valor de la misma.


Frida pinta por una necesidad de sanación, se cura a través de sus dones, la pintura es su profesión y medicina, ese es el legado para la humanidad. Es el monólogo interior llevado al lienzo. Como bien dice Luis-Martín Lozano, uno de sus biógrafos con los trabajos más serios y profundos: “La pintura fue para Frida alivio espiritual y salvación para su alma creativa”.


Más que surrealista, por algo se termina deslindando de ellos, Frida pintó retratos y autoretratos como expresión del “Yo soy”, “Yo Existo”, siguiendo la vida, obra y motivo de los pintores a los admiraba más: Durero, El Greco, Bronzinio, Chranach.


Todos renacentistas, que hicieron del retrato parte de su arte, y de la vida del hombre y su sentir, el centro de su creación. No es casual que Frida se identifique y se inspire en ellos. Así comienza retratando a la forma manierista (con trazos alargados y miradas con posturas hieráticas –fijas-, con fondos carentes de relación con la imagen central), pero termina soltando el pincel ante su máximo dolor, al sufrir varios abortos en los años treintas, pinta sin filtro, sin importarle lo que digan o el éxito o no, ella se expone, se desnuda despreocupada, pero no desnuda el cuerpo, sino el alma y el pensamiento.


Los surrealistas la admiran y promueven, porque hace de manera natural lo que ellos buscan a través de técnicas: pinta no lo que ve, sino lo que siente de lo que ve, no lo que le sucede, sino lo que siente de lo que sucede y lo que piensa, por tanto: todo junto y en medio del detalle y del desastre, cobra un sentido distinto y eso es lo que la hace absolutamente original.


Vida u obra, hace 63 años falleció una mujer mexicana que nos hace cuestionarnos. No hay manera de abrazar la vida de Frida Kahlo sin salir espinado: ¿mujer o pintora? ¿doliente o sobreviviente? ¡cómo separarlas! y mientras en este siglo vociferamos por la femineidad y la libertad, no dejamos de estar cómodas en hamacas de discursos, cuando las felinas del siglo pasado fueron mujeres que rompieron porque se rompían. Frida Kahlo, es finalmente ícono de un México que no sabemos dónde está, incómoda imagen que lo mismo sangra, que expone las trenzas y el corazón.






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